Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No tiene carácter; ese crÃo no tiene carácter, ni corazón; siempre lo he dicho —prosiguió Anna Andréievna—. No han sabido educarle y ha salido un veleta. ¡La abandona por esa otra, Dios mÃo! ¿Qué va a ser de mi pobre hija? ¡No entiendo qué ha podido ver en la nueva!
—He oÃdo decir, Anna Andréievna —repliqué—, que la prometida es una muchacha encantadora, y Natalia Nikoláievna también dice lo mismo de ella…
—¡Pues no te lo creas! —me interrumpió la anciana—. ¡Qué va a ser encantadora! A los escritorzuelos como tú, en cuanto veis unas faldas, cualquiera os parece encantadora. Pero, si la elogia Natasha, es por su generosidad. No sabe cómo retenerle, se lo perdona todo y sufre. ¡Cuántas veces la habrá engañado ya! ¡Ese bandido desalmado! Yo, Iván Petróvich, estoy horrorizada. El orgullo les ciega a todos. Si al menos mi marido se apaciguara, perdonara a mi querida hija y la trajera de vuelta a casa… ¡Si pudiera volver a abrazarla, a mirarla! ¿Ha adelgazado?
—SÃ, ha adelgazado, Anna Andréievna.