Humillados y ofendidos

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Se la enseñé. Yo sabía que Anna Andréievna abrigaba la secreta ilusión de que Aliosha, a quien tan pronto tildaba de desalmado como de insensible y necio, acabara por casarse con Natasha y de que su padre, el príncipe Piotr Aleksándrovich, diera su consentimiento. Incluso se le había escapado alguna vez hablando conmigo, aunque en otras ocasiones se arrepentía y se retractaba de sus palabras. Pero por nada del mundo se habría atrevido a expresar sus esperanzas en presencia de Nikolái Sergueich, aunque sabía que el viejo lo sospechaba e incluso más de una vez se lo había reprochado indirectamente. Creo que él habría condenado definitivamente a Natasha y la habría arrancado para siempre de su corazón si hubiera sabido de la posibilidad de dicho matrimonio.

Eso era lo que todos pensábamos entonces. Anhelaba la vuelta de su hija con toda la fuerza de su corazón, pero esperaba que volviera sola, arrepentida, habiendo desterrado de su corazón hasta el último recuerdo de su Aliosha. Ésa era la única condición para perdonarla y, aunque no la había formulado, bastaba con observarle para comprender que resultaba clara e incuestionable.




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