Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Ve, ve, bátiushka, no dejes de ir! —exclamó la anciana, agitada—. En cuanto él salga, te bebes el té… ¡Ah, aún no han traído el samovar! ¡Matriona! ¿Qué pasa con el samovar? ¡Menuda tunanta estás hecha!… Como te decía, te bebes el té, luego pones una buena excusa y te marchas. Y mañana vienes sin falta a verme y me lo cuentas todo; procura venir un poco antes. ¡Ay, Señor! ¡A ver si ha ocurrido alguna otra desgracia! ¡Aunque difícilmente podrá haber nada peor que lo que ya padecemos! Nikolái Sergueich tiene que saberlo todo, me lo dice el corazón. Yo me entero de muchas cosas por Matriona, y ésta, por Agasha; Agasha es ahijada de Maria Vasílievna, que vive en casa del príncipe… Bueno, eso ya lo sabes. Hoy mi Nikolái estaba terriblemente enfadado. Yo no me encontraba del todo bien y le ha faltado poco para levantarme la voz; pero luego parecía arrepentido, y me ha dicho que andaba mal de dinero. ¡Como si el dinero fuera el causante de sus gritos! Después de comer, se retiró a dormir. Eché una ojeada a su habitación a través de la rendija (hay una en la puerta, pero él no lo sabe) y al pobre me lo encontré arrodillado ante el icono, rezándole a Dios. Al ver aquello, me flaquearon las piernas. Ni tomó té ni durmió; agarró el sombrero y se fue. Salió a las cinco. No me atreví a preguntarle: se habría puesto a gritarme. Ha cogido la costumbre de gritar, sobre todo a Matriona, pero también a mí, y, en cuanto empieza a dar voces, de inmediato se me paralizan las piernas y se me parte el corazón. Sólo son arrebatos pasajeros, ya lo sé, pero no deja de ser horrible. Cuando se fue, estuve rezándole a Dios una hora, para que le inspire buenos pensamientos. ¿Dónde está su nota? ¡Enséñamela!


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