Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ay, mi querido Iván PetrĂłvich, quĂ© desgraciada soy! No he dejado de llorar en toda la noche y todo el dĂa de hoy… Pues sĂ… Ya te lo cuento luego… Cuántas veces habrĂ© intentado sugerirle, discretamente, que la perdonase; como no me atrevĂa a decĂrselo a las claras, tenĂa que andarme con rodeos, recurrir a artimañas. Pero el corazĂłn se me paraba: ¡temĂa que se enfadara y la maldijera para siempre! Nunca le he oĂdo maldecirla… y me da mucho miedo que lo haga. ÂżQuĂ© iba a pasar entonces? La maldiciĂłn paterna da paso al castigo divino. AsĂ que me paso la vida temblando de miedo. Pero a ti, Iván PetrĂłvich, deberĂa darte vergĂĽenza: tĂş, que te has criado en nuestra casa y que has recibido de nosotros tantas muestras de cariño paternal, ¡cĂłmo puedes decir que esa muchacha es encantadora! No es eso lo que cuenta Maria VasĂlievna. (Sin duda hice mal, pero reconozco que la invitĂ© un dĂa a tomar cafĂ©, mientras mi marido estaba fuera toda la mañana atendiendo unos asuntos.) Ella me ha aclarado todos los pormenores de la historia. El prĂncipe, el padre de Aliosha, mantiene relaciones ilĂcitas con cierta condesa. Dicen que Ă©sta, desde hace ya un tiempo, le echa en cara que no se case con ella, pero Ă©l no se da por aludido. Esa condesa, cuando aĂşn vivĂa su marido, era cĂ©lebre por su conducta escandalosa. Al morir el marido, se marchĂł al extranjero: siempre estaba rodeada de italianos y franceses, anduvo enredada con varios barones; fue entonces cuando cazĂł al prĂncipe Piotr Aleksándrovich. Mientras tanto su hijastra, la hija de su primer marido, un rentista, se iba haciendo mayor. A todo esto, la madrastra, o sea, la condesa, ha despilfarrado todo su dinero, y Katerina FiĂłdorovna, entre tanto, ha seguido creciendo, y tambiĂ©n han crecido los dos millones que su padre, el rentista, le habĂa dejado en el Monte de Piedad. Ahora, segĂşn dicen, tiene tres millones; ¡y el prĂncipe ha tenido la feliz ocurrencia de casarla con Aliosha! (No tiene un pelo de tonto, y no iba a dejar escapar una ocasiĂłn como Ă©sa). El conde, su pariente, ese ilustre cortesano (igual te acuerdas de Ă©l), tambiĂ©n está de acuerdo; tres millones no son cosa de broma. «Adelante —le dijo—. Hable con la condesa». AsĂ que el prĂncipe le comunicĂł su deseo a la condesa, pero ella se puso de uñas, porque, segĂşn dicen, es una escandalosa que no respeta norma alguna. AquĂ, por lo visto, no todo el mundo la recibe; esto no es como en el extranjero. «Nada de eso, prĂncipe —le respondió—. TĂş eres el que se va a casar conmigo, y no mi hijastra con tu Aliosha». SegĂşn cuentan, la muchacha, o sea, la hijastra, tiene a su madrastra en un pedestal; la venera y la obedece en todo. Dicen de ella que es un alma cándida, un verdadero ángel. El prĂncipe, dándose cuenta de lo que ocurre, le dice: «No te preocupes, condesa. Has despilfarrado tu fortuna y tienes un montĂłn de deudas por pagar. Pero, si tu hijastra se casa con Aliosha, harán una pareja estupenda: ella es una inocente y mi Aliosha un simplĂłn; los tendremos bajo nuestra tutela y los manejaremos a nuestro antojo; asĂ tĂş tambiĂ©n tendrás dinero. ÂżQuĂ© necesidad tenemos de casarnos?». ¡QuĂ© hombre más taimado! ¡Es un masĂłn! De esto hace ya medio año, y la condesa no acababa de decidirse, pero ahora, por lo visto, han estado en Varsovia, y allĂ han llegado a un acuerdo. Eso es lo que he oĂdo. Me lo ha contado todo Maria VasĂlievna, me ha puesto al corriente de todos los detalles, y ella se lo ha oĂdo decir a un individuo digno de confianza. Conque eso es lo que hay: mucho dinerito, millones, ¡y nada de que sea encantadora!…