Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pues, no sé… de la gente… —contestó Anna Andréievna, y me miró con tristeza.
—¿De qué gente? —gritó, posando alternativamente sobre su mujer y sobre mà su fogosa mirada—. ¿De qué gente, eh? ¿De los expoliadores? ¿De los calumniadores? ¿De los traidores? De ésos hay muchos en todas partes; no te preocupes, los encontrarás también en Siberia. Si no quieres acompañarme, puedes quedarte; no te voy a obligar.
—¡Bátiushka Nikolái Sergueich! ¿Qué iba yo a hacer aquà sin ti? —gritó, pálida, Anna Andréievna—. Si no tengo a nadie más en el mundo…
Entonces se le trabó la lengua, guardó silencio y me dirigió una mirada de espanto, como implorándome que interviniese en su ayuda. El viejo estaba irritado, ponÃa reparos a todo; no habÃa quien le llevara la contraria.
—Déjelo, Anna Andréievna —dije—, en Siberia no se está tan mal como parece. Si ocurre una desgracia y han de vender Ijménevka, el plan de Nikolái Serguéievich no es nada desdeñable. En Siberia se puede encontrar un trabajo honrado, y entonces…
—Bueno, por lo menos tú, Iván, dices algo con sentido. Eso es precisamente lo que he pensado. Lo dejo todo y me voy.