Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Pues eso sà que no me lo esperaba! —exclamó Anna Andréievna, levantado las manos en señal de asombro—. ¡Y tú también estás de acuerdo, Vania! Tampoco me esperaba eso de ti, Iván Petróvich… Tú, que no has recibido de nosotros más que muestras de cariño, y ahora…
—¡No me hagas reÃr! ¿Y qué esperabas? Piensa: ¿de qué vamos a subsistir aquÃ? Hemos gastado nuestros ahorros, ¡estamos en las últimas! ¿No pretenderás que vaya a ver al prÃncipe Piotr Aleksándrovich y le pida perdón? —Al oÃr hablar del prÃncipe, la anciana se puso a temblar de miedo. La cucharilla que tenÃa en la mano comenzó a tintinear sonoramente en el platillo—. No, claro que no —prosiguió Ijménev, recreándose en sus palabras con obstinada malicia—. ¿Qué opinas tú, Vania? ¿He de ir o no? ¿Para qué me voy a marchar a Siberia? Será mejor que mañana me acicale, me peine y me atuse; que Anna Andréievna me prepare una pechera nueva (¡a un personaje como ése no se le puede visitar de otro modo!), me compraré unos guantes para rematar adecuadamente el conjunto e iré a casa de su excelencia: «¡Bátiushka, excelencia, bienhechor, padre querido! Perdóname y apiádate de mÃ, dame un pedazo de pan… ¡tengo mujer e hijos pequeños!»… ¿Qué te parece, Anna Andréievna? ¿Es eso lo que quieres?