Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Bátiushka… ¡Yo no quiero nada! Lo he dicho sin pensar; perdóname si te he disgustado, pero no grites —dijo temblorosa, cada vez más asustada.

Estoy seguro de que a él se le partió el corazón en cuanto vio las lágrimas y el miedo de su pobre mujer; estoy seguro de que todo aquello le resultaba a él mucho más doloroso que a ella; sin embargo, era incapaz de controlarse. Eso es frecuente en las personas de buen corazón pero de temperamento nervioso, las cuales, a pesar de su bondad, se dejan llevar, hasta el delirio, por su propio dolor y su ira, expresándose sin ningún reparo, llegando incluso a ofender a alguna persona inocente, preferentemente a la más cercana… La mujer, por ejemplo, experimenta a veces la necesidad de sentirse desgraciada, ofendida, aunque no haya habido ofensa ni desgracia. Hay muchos hombres que se parecen en este aspecto a las mujeres, sin que tengan nada de débiles ni de afeminados. El viejo Ijménev sentía la necesidad de reñir con alguien, aunque eso le hiciera sufrir.






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