Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Recuerdo que en aquel instante se me pasó una idea por la cabeza: ¿no habrÃa salido, de hecho, con el propósito de realizar ya alguna gestión como la que habÃa imaginado Anna Andréievna? Quién sabe si Dios no le habÃa inspirado tal idea y se habÃa dirigido efectivamente a casa de Natasha, pero habÃa cambiado de parecer por el camino; o tal vez algo le habÃa salido mal y su plan se habÃa frustrado —como seguramente habÃa ocurrido— y habÃa tenido que volver a casa, irritado y abatido, avergonzado por sus recientes deseos y sentimientos, buscando en quién descargar la cólera debida a su propia flaqueza y eligiendo precisamente a aquellos de quienes sospechaba que compartÃan los mismos deseos y sentimientos. A lo mejor, al plantearse la idea de perdonar a su hija, se habÃa imaginado el entusiasmo y el gozo que experimentarÃa la pobre Anna Andréievna, y dado su fracaso la habÃa emprendido, naturalmente, con ella en primer lugar.
Pero, al verla abatida y temblando de miedo, se conmovió. ParecÃa avergonzado de su arranque de cólera, y se contuvo por un instante. Todos guardábamos silencio; yo procuraba no mirarle. Pero aquel momento bueno no duró mucho. TenÃa que desahogarse a toda costa, ya fuera con un estallido o con una maldición.