Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Mira, Vania —dijo de repente—, lo siento, no quería hablar, pero ha llegado el momento de expresarme francamente, sin rodeos, como corresponde a todo hombre recto… ¿comprendes, Vania? Me alegro de que hayas venido y por eso quiero decir delante de ti en voz alta, para que los demás lo oigan, que todas esas tonterías, todas esas lágrimas, suspiros y desdichas han acabado por hartarme. Lo que he arrancado de mi corazón, tal vez con sangre y con dolor, jamás volverá a él. ¡Así es! Lo he dicho y cumpliré mi palabra. Me refiero a lo que ocurrió hace medio año, ¿entiendes, Vania? Y hablo de ello de forma tan franca y directa precisamente para que luego no te puedas llamar a engaño con mis palabras —añadió, mirándome con sus ojos inflamados y rehuyendo de forma manifiesta las miradas temerosas de su mujer—. Te lo repito: es absurdo; ¡no quiero!… Lo que más me enfurece es que a mí, como si fuera un bobo, como si fuera el peor de los canallas, todos me atribuyan sentimientos tan ruines, tan mezquinos… Creen que me he vuelto loco de dolor… ¡Absurdo! ¡He desechado, he olvidado mis antiguos sentimientos! Para mí no existen los recuerdos… ¡No, no, no y no…!

Saltó de la silla y dio tal puñetazo en la mesa que las tazas tintinearon.



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