Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Sollozaba como un crÃo, como una mujer. Aquellos sollozos le oprimÃan el pecho como si quisieran hacerlo estallar. En un instante el terrible viejo se habÃa tornado más débil que un niño. ¡Oh! Ahora ya no podÃa maldecir; ya no se avergonzaba de nuestra presencia y, en un febril arrebato de amor, volvió a cubrir de incontables besos la imagen que acababa de pisotear. ParecÃa como si toda la ternura, como si todo el amor por su hija, reprimidos durante tanto tiempo, pugnaran ahora por salir al exterior con una fuerza irresistible y la violencia de tal impulso desgarrara todo su ser.
—¡Perdónala, perdónala! —gritó entre sollozos Anna Andréievna, inclinada sobre él y abrazándole—. ¡Tráela de vuelta a la casa paterna, querido, y en el Juicio Final el mismo Dios te premiará por tu humildad y tu misericordia!
—¡No, no! ¡Por nada del mundo, jamás! —gritaba con voz ronca y ahogada—. ¡Jamás! ¡Jamás!