Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos »“Vago enferma…” ¡Qué bien traído está aquí eso de “enferma”! “No hay quien me riña”; cuánta ternura, cuánta dulzura en este verso y cuánto sufrimiento, fruto de los recuerdos, sufrimiento que uno mismo causa y con el que uno mismo se deleita… ¡Señor, qué hermoso es! ¡Y qué real! —Se calló un momento, como intentando contener el inicio de un espasmo en su garganta—. ¡Vania, querido! —dijo poco después, y de pronto volvió a guardar silencio, como si se le hubiera olvidado lo que iba a decir, o hubiera dicho aquello sin pensar, movida por un impulso repentino.
Entre tanto, seguíamos paseando por la habitación. Ante el icono ardía una lamparilla. Últimamente Natasha se estaba volviendo cada vez más devota, pero no le gustaba que le hablaran de eso.
—¿Es fiesta mañana? —pregunté—. Lo digo por esa lamparilla que tienes encendida.
—No, no es fiesta… Pero siéntate, Vania, debes de estar cansado. ¿Quieres té? ¿No has tomado todavía?
—Sentémonos, Natasha. Ya he tomado té.
—Pero ¿de dónde vienes ahora?
—De casa de ellos. —Así nos referíamos siempre a la casa de sus padres.
—¿De casa de ellos? ¿Cómo te ha dado tiempo? ¿Fue idea tuya o te llamaron?