Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me sometió a mil preguntas. Su rostro se puso aún más pálido por la emoción. Le referí pormenorizadamente mi encuentro con su padre, la conversación con su madre, la escena del medallón; se lo conté con todo detalle, con todos los matices. Yo nunca le ocultaba nada. Ella escuchaba con avidez, captando cada una de mis palabras. Las lágrimas brillaron en sus ojos. La escena del medallón la emocionó profundamente.
—Alto, para, Vania —decía, interrumpiendo cada dos por tres mi relato—. Dame más detalles; cuéntamelo todo, todo, con el mayor detalle posible. ¡No eres muy preciso!
Repetía las cosas una y otra vez, contestando continuamente a sus incesantes preguntas a propósito de los detalles.
—¿Y crees realmente que venía a verme?
—No lo sé, Natasha, no tengo ni idea. Que te echa de menos y que te quiere, eso está claro; pero que viniera a verte, eso ya…
—¿Y besaba el medallón? —me interrumpió—. ¿Qué decía cuando lo besaba?
—Palabras incoherentes, exclamaciones tan sólo; se refería a ti con las palabras más tiernas, decía tu nombre…
—¿Decía mi nombre?
—Sí.
Rompió a llorar en silencio.