Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Pobrecillos! —exclamó—. ¡Pero si lo sabe todo! —añadió tras un breve silencio—. No es de extrañar. También está muy bien informado de lo que hace el padre de Aliosha.
—Natasha —le dije tÃmidamente—, deberÃamos ir a verlos…
—¿Cuándo? —preguntó alarmada, dando un respingo en el sillón. CreÃa que le estaba proponiendo que fuéramos inmediatamente—. No, Vania —añadió, posando sus dos manos sobre mis hombros y sonriendo con tristeza—, no, querido; siempre estás con lo mismo, pero… mejor no insistas.
—¡Asà jamás va a llegar a su fin esta horrible discordia! —grité con pesar—. ¿Tan orgullosa eres que te niegas a dar el primer paso? Te corresponde a ti, tú tienes que ser la primera en darlo. A lo mejor eso es lo único que espera tu padre para perdonarte… ¡Él es tu padre y tú has sido la que le ha agraviado! Respeta su orgullo: es legÃtimo y natural. Debes hacerlo. Inténtalo, y te perdonará sin condiciones.
—¡Sin condiciones! Eso es imposible; no me hagas reproches, Vania, es inútil. He pensado en ello dÃa y noche, y sigo dándole vueltas. Desde que me fui de casa, posiblemente no haya habido un solo dÃa que no lo haya pensado. ¡Y cuántas veces lo he hablado contigo! ¡Bien sabes que es imposible!
—¡Inténtalo!