Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No, amigo mÃo, no puede ser. Si lo intentara, le enfurecerÃa aún más. No hay vuelta atrás, y ¿sabes, en concreto, por qué? Pues porque es imposible que vuelvan aquellos felices dÃas de la infancia que vivà con ellos. Aunque mi padre me perdonase, ya no me reconocerÃa. Él seguÃa amando a una chiquilla, a una niña grande. Admiraba mi candidez infantil, acariciaba mi cabeza del mismo modo que cuando era una crÃa de siete años a la que, sentada en sus rodillas, cantaba canciones infantiles. Desde mi más tierna infancia hasta el último dÃa que pasé con ellos venÃa a mi habitación para bendecirme antes de acostarse. Un mes antes de nuestra desgracia, me compró unos pendientes sin decirme nada (aunque yo me enteré), y se alegraba como un niño al imaginarse lo contenta que me pondrÃa con el regalo, y se enfadó muchÃsimo con todos, y conmigo la primera, cuando le dije que sabÃa desde hacÃa mucho lo de la compra de aquellos pendientes. Tres dÃas antes de mi marcha, notó que yo estaba triste, e inmediatamente él también se entristeció hasta el punto de caer enfermo, y ¿qué dirÃas que hizo? Pues para alegrarme se le ocurrió ¡sacar entradas para el teatro!… ¡Te juro que pretendÃa animarme con eso! Te lo repito: él conocÃa y amaba a la niña; se negaba a pensar siquiera que algún dÃa me convertirÃa en mujer… No se le pasaba por la cabeza. Ahora mismo, si volviera a casa, no sabrÃa ni quién soy. Aunque me perdonara, ¿con quién se iba a encontrar? Ya no soy la misma, no soy una niña, he vivido mucho. Aunque llegara a aceptarme, seguirÃa lamentando que ya no sea la de antes, cuando me querÃa como a una niña; ¡el pasado siempre nos parece mejor! ¡Siempre lo recordamos con nostalgia! ¡Ay, Vania, qué hermoso es el pasado! —gritó arrebatada, interrumpiéndose a sà misma con esas palabras que, con tanto dolor, le habÃan salido del corazón.