Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos »¡Qué hermoso! Qué versos tan conmovedores, Vania, y qué cuadro tan fantástico, tan inmenso. Un simple cañamazo, y una figura esbozada… y cada cual que borde lo que quiera. Sólo dos sensaciones: la primera y la última. Ese samovar, esa cortina de percal… resulta todo tan familiar… Es como aquellas casitas burguesas de nuestra pequeña ciudad provinciana; me parece estar viendo una de ellas: una nueva, de troncos, aún sin revestir con tablas… Y más adelante este otro cuadro:
De pronto oigo otra vez la misma voz,
cantando tristemente con la campanilla:
“¿Dónde estará mi viejo amigo? Tengo miedo;
¡si entrase y me abrazase con cariño!
¡Qué vida la mía! Es estrecha y lóbrega
y triste mi alcoba; el viento sopla en la ventana…
Fuera crece un cerezo solitario
que no deja ver el cristal escarchado;
tal vez haya muerto hace tiempo.
¡Qué vida ésta! La cortina ha perdido el color;
vago enferma, pero no vuelvo con los míos;
no hay quien me riña, mi amado no está…
Tan sólo refunfuña la anciana”…