Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Y qué es lo que piensas, Natasha? ¿Acaso crees que ya nunca va a venir?
—Claro que va a venir —contestó, mirándome de un modo especialmente serio.
No le gustaba la celeridad de mis preguntas. Guardamos silencio, y seguimos paseando por la habitación.
—Te he esperado todo el rato, Vania —dijo con una sonrisa—. Y ¿sabes lo que he estado haciendo? Paseando de acá para allá, recitando poemas de memoria. ¿Recuerdas? La campanilla, el camino invernal: «Mi samovar hierve sobre la mesa de roble…»; solíamos leerlo juntos[30]:
Cesa la ventisca; la senda está iluminada,
la noche mira con millones de ojos turbios…
»Y luego:
De pronto oigo una voz apasionada
cantando a coro con la campanilla:
“¡Ah, algún día, algún día volverá mi amado
y posará su cabeza en mi pecho!
¡Esto no es vida! Cuando los rayos de la aurora
se ponen a jugar con la escarcha en el cristal,
mi samovar hierve sobre la mesa de roble
y la estufa chisporrotea, alumbrando en un rincón
la cama oculta tras la cortina de colores”…