Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Tú crees, Vania? ¡Dios mÃo, si lo supiera con seguridad! Ah, cómo desearÃa verle en este mismo instante, echarle un simple vistazo. ¡Con verle la cara lo sabrÃa todo! ¡Y no está aquÃ! ¡No está!
—¿Es que le esperas, Natasha?
—No, no, está con ella; lo sé. Me he informado. Cómo me gustarÃa verla a ella también… Escucha, Vania, voy a decirte una bobada, pero ¿no habrÃa algún modo de que yo la viera, no podrÃa encontrarme con ella en alguna parte? ¿Qué te parece?
Aguardaba intranquila mi respuesta.
—Por poder, es posible. Pero, si sólo la ves, no te va a servir de mucho.
—Me conformarÃa con verla; eso me permitirÃa hacerme una idea. Escucha: me he vuelto una idiota; no hago más que ir y venir aquà dentro, sola, siempre sola… sin dejar de darle vueltas a la cabeza. Los pensamientos se me arremolinan como un torbellino, ¡resulta agotador! Se me ha ocurrido lo siguiente, Vania: ¿y si la conocieras tú? En vista de que la condesa (tú mismo lo dijiste) ha elogiado tu novela, y puesto que acudes en ocasiones a las veladas del prÃncipe R., a las cuales ella también suele asistir, haz que te la presenten. A lo mejor podrÃa presentártela Aliosha. Asà tú podrÃas contármelo todo después.