Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Natasha, amiga mÃa, ya hablaremos de eso más tarde. Pero dime una cosa: ¿de verdad crees que tendrás fuerzas suficientes para romper con él? MÃrate ahora, no pareces tranquila.
—¡Las… las tendré! —replicó con voz apenas audible—. ¡HarÃa cualquier cosa por él! ¡DarÃa mi vida por él! Pero ¿sabes, Vania?, no puedo soportar la idea de que esté ahora en su casa, sin acordarse de mÃ, sentado a su lado charlando y riendo, como solÃa hacer aquÃ, ¿recuerdas?… Estará mirándola a los ojos, siempre mira de esa manera, y seguro que ni se le pasa por la cabeza que yo estoy aquà en estos momentos… contigo.
Se calló, sin acabar de hablar, y me miró desesperada.
—Natasha, pero si hace un momento decÃas que…
—¡Nos separaremos los dos a la vez! —Me cortó con una mirada fulminante—. Tendrá mi bendición para hacerlo. Pero va a ser muy duro para mÃ, Vania, que él sea el primero en olvidarme. ¡Ay, Vania, qué suplicio! Ni yo misma me entiendo: ¡las cosas nunca ocurren como las habÃamos pensado! ¿Qué va a ser de mÃ?
—¡Basta, basta, Natasha, cálmate!
—Y son ya cinco dÃas en que cada hora, cada minuto… tanto si estoy dormida como despierta… no hago más que pensar en él, ¡en él! Mira, Vania, ¿por qué no vamos allÃ? ¡Acompáñame!