Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Ya está bien, Natasha.
—¡En serio, vamos! ¡Te estaba esperando para eso, Vania! Llevo tres dÃas dándole vueltas. Por eso te he escrito… Tienes que acompañarme; no puedes negármelo… He estado esperándote… Tres dÃas… Hoy se celebra una velada… Él está allÃ… ¡Vamos!
Estaba desvariando. En esto, se oyó ruido en el recibidor; parecÃa que Mavra estaba discutiendo con alguien.
—Espera, Natasha, ¿quién será? —pregunté—. ¡Escucha!
Aguzó el oÃdo, con una sonrisa escéptica, y de repente se puso muy pálida.
—¡Dios mÃo! ¿Quién será? —dijo con voz apenas perceptible.
Quiso detenerme, pero salà al recibidor, donde estaba Mavra. Era Aliosha, ¿quién si no? Estaba preguntándole algo a Mavra. Ésta no le querÃa dejar entrar.
—Y tú, ¿de dónde sales? —decÃa Mavra, investida de autoridad—. ¿Qué? ¿Dónde te habÃas metido? ¡Venga, pasa, pasa! Pero ¡a mà no me la das! Adelante, ¿qué tienes que decir?
—¡No le tengo miedo a nadie! ¡Yo entro! —decÃa Aliosha, algo desconcertado, la verdad.
—¡Pues entra! ¡Menudo espabilado!