Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Eso es lo que voy a hacer! ¡Caramba, también está usted aquÃ! —dijo al verme—. ¡Celebro encontrarle! Bueno, pues aquà estoy yo también, ya lo ve. ¿Qué cree que deberÃa…?
—Entre, simplemente —contesté—. ¿A qué le tiene miedo?
—No tengo miedo de nada, se lo aseguro, puedo jurarle que no soy culpable. ¿Cree usted que sà lo soy? Ahora mismo me explico, ya lo verá. Natasha, ¿se puede? —gritó con fingido valor, parado ante la puerta cerrada.
Nadie le respondió.
—¿Qué significa eso? —preguntó inquieto.
—Nada, nada; estaba ahà ahora mismo —contesté—. Si acaso algo…
Aliosha abrió la puerta con mucho cuidado y echó un tÃmido vistazo a la habitación. No habÃa nadie.
De pronto la vio en un rincón, entre el armario y la ventana. Estaba allÃ, como escondida, sin dar señales de vida. Incluso ahora, al recordar la escena, no puedo evitar una sonrisa. Despacio, con cautela, Aliosha se acercó a ella.
—Natasha, ¿qué te ocurre?… Hola, Natasha —dijo tÃmidamente, mirándola algo asustado.
—¿Qué quieres que me ocurra? ¡Nada! —respondió muy confusa, como si ella fuera la culpable—. Tú… ¿quieres té?