Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Escucha, Natasha… —dijo Aliosha, completamente trastornado—. Probablemente me creas culpable… pero ¡no lo soy! ¡No soy culpable en absoluto! Ahora mismo vas a verlo cuando te lo cuente.

—¿Para qué? —susurró Natasha—. No, no, no hace falta… Mejor dame la mano y… asunto concluido… como siempre… —En ese momento salió del rincón; sus mejillas se ruborizaron.

Tenía la vista gacha, como si no se atreviera a mirar a Aliosha.

—¡Ay, Dios mío! —gritó extasiado—. Si fuera culpable, creo que no me atrevería a mirarla a la cara después de esto. ¡Fíjese, fíjese! —me decía gritando—. Me considera culpable; todo está en mi contra, todos los indicios me delatan. No aparezco en cinco días. Se rumorea que estoy en casa de mi prometida. ¿Y qué hace ella? ¡Va y me perdona! Dice: «Dame la mano y asunto concluido». ¡Natasha, cariño, ángel mío, tesoro! ¡No soy culpable y tú lo sabes bien! ¡No soy culpable en absoluto! ¡Al contrario, al contrario!

—Pero… pero si ahora tenías que estar allí… Te habían invitado. ¿Cómo es que estás aquí? ¿Qué… qué hora es?


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