Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Las diez y media. He estado allí… Pero luego he dicho que estaba enfermo y me he marchado, y es la primera, es la primera vez en estos cinco días que estoy libre, que he tenido la oportunidad de escaparme de allí para venir a verte, Natasha. Mejor dicho, podía haber venido antes, pero no he querido hacerlo. ¿Sabes por qué? Ahora mismo te vas a enterar, te lo voy a explicar; a eso he venido, a explicártelo todo. ¡Y te juro que esta vez no soy culpable de nada! ¡De nada!

Natasha levantó la cabeza y le miró… La mirada que le devolvió Aliosha era tan franca, su rostro era tan radiante, tan honrado, tan alegre, que era imposible no creerle. Yo esperaba que dieran un grito y se fundieran en un abrazo, como había sucedido otras veces, con ocasión de otras reconciliaciones semejantes. Pero Natasha, como abrumada por la felicidad, apoyó la cabeza en su pecho y de pronto… rompió a llorar en silencio. Aliosha fue incapaz de soportarlo y se arrojó a sus pies. Le besaba las manos, los pies; estaba fuera de sí. Le acerqué un sillón a Natasha. Se sentó. Le temblaban las piernas.





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