Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No puede ser; estoy seguro de que no os he contado lo más importante. Puede que vosotros dos os hayáis imaginado algo, eso ya es cosa vuestra, pero yo no os lo he contado. Yo lo he guardado en secreto, y lo he pasado muy mal.
—Me acuerdo, Aliosha, de que no paraba usted de pedirme consejo y me lo contó todo. Poco a poco, desde luego, como si fueran meras conjeturas —añadí, mirando a Natasha.
—¡Nos lo contaste todo! ¡Y deja ya de darte importancia! —me respaldó Natasha—. ¿Desde cuándo eres tú capaz de guardar un secreto? ¿A quién pretendes engañar? Pero si hasta Mavra estaba al corriente de todo. ¿A que lo sabías, Mavra?
—Claro, ¡cómo no lo iba a saber! —contestó Mavra, asomando la cabeza por la puerta—. No habían pasado tres días y ya lo habías contado todo. ¡Lo tuyo no son las tretas!
—¡Uf! ¡Qué molesto es hablar con vosotros! Todo esto lo dices para fastidiar, Natasha. Y en cuanto a ti, Mavra, estás en un error. Me acuerdo de que, en aquellos días, yo estaba como loco, ¿no te acuerdas, Mavra?
—Como para no acordarse. También ahora estás como loco.