Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No, no, no me refiero a eso. ¡Tienes que acordarte! Por entonces seguÃamos sin dinero, y tú habÃas llevado a empeñar mi pitillera de plata; pero, sobre todo, permite que te diga, Mavra, que te estás propasando tremendamente conmigo. Todo esto lo has aprendido de Natasha. Muy bien, admitamos que, en efecto, yo os lo hubiera contado ya todo por aquellos dÃas, de un modo fragmentario… SÃ, ahora ya me acuerdo… Pero lo que no conocéis es el tono de aquella carta, y en una carta lo fundamental es el tono. A eso es a lo que me refiero.
—¿Y cómo era ese tono? —preguntó Natasha.
—Mira, Natasha, lo preguntas de una forma que cualquiera dirÃa que estás bromeando. No bromees. Te aseguro que es algo muy importante. La carta estaba escrita en un tono tal que se me cayó el alma a los pies. Mi padre nunca se habÃa dirigido a mà de ese modo. ¡Como para oponerse a sus deseos! ¡PodrÃa arder Troya! ¡Ése era el tono!
—Bueno, bueno, cuenta de una vez. ¿Qué necesidad tenÃas de ocultarme esa carta?