Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Ay, Dios mío! No quería asustarte. Confiaba en arreglarlo todo yo solo. Pero resulta que, después de recibir esa carta, en cuanto llegó mi padre, empezaron mis cuitas. Me había propuesto darle una contestación firme, clara, seria, pero el caso es que no me fue posible. Él ni siquiera me preguntaba, ¡el muy ladino! Al contrario, hacía ver como si todo estuviera ya resuelto y no pudiera caber ninguna discusión, ningún malentendido entre nosotros. Fíjate bien: como si no pudiera haberlo siquiera; ¡cuánta presunción! Y se mostraba tan cariñoso, tan afectuoso conmigo. Yo no salía de mi asombro. ¡Ni se imagina, Iván Petróvich, lo inteligente que es! Se lo ha leído todo, sabe de todo; le basta con una simple mirada y adivina todos tus pensamientos, como si fueran propios. Por algo le llamaban «el jesuita». A Natasha no le gusta que le ponga por las nubes. No te enfades, Natasha. Bueno, a lo que iba. Al principio, no me daba dinero, pero ahora sí, ayer mismo me dio. ¡Natasha! ¡Ángel mío! ¡Nuestra pobreza ha llegado a su fin! ¡Mira, mira! Todo lo que había ido deduciendo de mi asignación, como castigo, durante este último medio año, me lo entregó ayer; fijaos cuánto; yo todavía no lo he contado. ¡Mira, Mavra, cuánto dinero! ¡Ya no vamos a tener que llevar a empeñar las cucharas y los gemelos!



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