Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Se sacó del bolsillo un paquete bastante abultado de dinero, mil quinientos rublos de plata, y lo puso encima de la mesa. Mavra lo miraba satisfecha y felicitaba a Aliosha. Natasha no hacÃa más que apremiarle.
—Ya veis, ¿y qué podÃa hacer yo? —prosiguió Aliosha—. ¿Cómo iba yo a oponerme a mi padre? Es decir… os juro a ambos que, si se hubiera portado mal conmigo, si no hubiera sido tan cariñoso, ni me lo habrÃa pensado. Le habrÃa dicho claramente que no lo querÃa, que ya soy mayorcito, que soy una persona adulta, ¡y se acabó! Y podéis estar seguros de que me habrÃa mantenido en mis trece. Pero, ahora, ¿qué queréis que le diga? A mà no me culpéis. Ya veo que tú no estás muy satisfecha, Natasha. ¿Por qué os cambiáis las miradas? Seguramente estáis pensando: qué forma de enredarlo, hay que ver qué poca firmeza. Pues sà tengo firmeza, ¡y mucha más de la que creéis! Prueba de ello es que, a pesar de mi situación, inmediatamente me dije: «Es mi deber; tengo que contárselo todo a mi padre, todo». Y empecé a hablar, y le dije lo que me pasaba, y él me escuchó.
—¿Y qué es lo que le dijiste exactamente? —preguntó intranquila Natasha.