Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Pues que no necesito ninguna otra prometida, que yo ya tengo una, y ésa eres tú. Bueno, eso todavía no se lo he dicho abiertamente, pero le estuve preparando para una noticia como ésa, y mañana se lo voy a comunicar; ya está decidido. Al principio, empecé a decirle que casarse por dinero es una vergüenza y una deshonra, y que sería una estupidez que nosotros pretendiéramos pasar por aristócratas (como digo, estuve hablando con él con toda franqueza, de igual a igual). Después le expliqué que yo me considero del tiers état, y que el tiers état c’est l’essentiel[32]; que estoy orgulloso de ser igual que todo el mundo, que no necesito distinguirme de nadie… Se lo expuse con ardor, con vehemencia. Estaba asombrado de mí mismo. Por último, le demostré que también desde su punto de vista… Le dije claramente que no tenemos nada de príncipes. Sólo por nuestra cuna; pero, en el fondo, ¿qué tenemos de principesco? Para empezar, no puede decirse que seamos ricos, y la riqueza es lo principal. En la actualidad, no hay príncipe que se iguale a Rotschild. En segundo lugar, en el auténtico gran mundo hace mucho que no han oído nada de nosotros. Mi abuelo, Semión Válkovski, fue el último que dio que hablar, pero sólo en Moscú, y para colmo por haberse quedado sin las trescientas almas que aún poseía. O sea que, si mi padre no hubiera hecho fortuna, es muy posible que los nietos hubiéramos acabado arando la tierra, como les ha pasado a otros príncipes. De modo que no tenemos de qué presumir. En resumen, le hablé de todo lo que me reconcomía, de todo, y lo hice con vehemencia, con sinceridad, y hasta pude añadir algunas cosas más. Él no replicó; se limitó a reprocharme que me hubiera alejado de la casa del conde Naínski, y después empezó a decirme que tenía que ganarme la simpatía de la princesa K., mi madrina, ya que si ésta me mostraba su afecto se me abrirían todas las puertas y mi carrera estaría garantizada y no sé cuántas cosas más. No paraba de insinuar que, desde que te conocí a ti, Natasha, me había olvidado de todos ellos, y que eso, sin duda, obedecía a tu influencia. Pero hasta ahora aún no ha hablado de ti a las claras; se diría, incluso, que trata de eludir la cuestión. Los dos nos andamos con tretas, esperando el momento propicio para sorprender al otro, pero puedes estar segura de que también a nosotros nos va a sonreír la fortuna.


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