Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Claro, si es que no hacéis más que interrumpirme. Fuimos a ver a la princesa y, de entrada, me puse a coquetear con MimÃ. Mimà es una perra vieja, antipática, de lo más desagradable, y encima es una cabezota y no para de morder. La princesa está loca por ella, no la deja ni a sol ni a sombra; se dirÃa que las dos tienen la misma edad. Lo primero que hice fue darle golosinas a MimÃ, y en cosa de diez minutos ya le habÃa enseñado a dar la patita, algo que, en toda su vida, nadie habÃa sido capaz de enseñarle. La princesa estaba entusiasmada, poco le faltó para echarse a llorar de alegrÃa: «¡MimÃ! ¡MimÃ! ¡Dame la patita, MimÃ!». Llegaba alguien: «¡Mimà sabe dar la patita! ¡Le ha enseñado mi ahijado!». Llegó el conde NaÃnski: «¡Dale la patita, MimÃ!». A mà me miraba enternecida, con lágrimas en los ojos. Qué anciana más bondadosa; daba verdadera lástima. Vi que no habÃa errado el tiro, y en seguida se me presentó una nueva ocasión para lisonjearla: en la tabaquera de la princesa hay un retrato suyo de cuando era soltera, hace de eso sesenta años. Resulta que se le cayó la tabaquera; yo se la recogà del suelo y dije, haciéndome el tonto: «Quelle charmante peinture[36]! ¡Es una belleza ideal!». Eso la hizo derretirse; querÃa saberlo todo sobre mÃ, me preguntaba dónde habÃa estudiado y qué casas solÃa frecuentar, y me decÃa que tenÃa una cabellera magnÃfica, y mil cosas más. Yo no me quedé atrás: le conté una historia escandalosa que la hizo reÃr. Esas cosas le gustan; me amonestó con el dedo, pero lo cierto es que se rió mucho. Cuando me dejó marchar, me besó y me persignó, y me exigió que fuera todos los dÃas a verla, para distraerla un poco. El conde me dio la mano, mirándome con ojos lánguidos; en cuanto a mi padre, lo creáis o no, poca gente hay más noble, más honrada, más bondadosa que él, y a punto estuvo de echarse a llorar de alegrÃa cuando Ãbamos de vuelta a casa; me abrazó y le dio por sincerarse conmigo, confesándome toda clase de secretos sobre la forma de hacer carrera, los contactos, el dinero, los enemigos, aunque yo no me enteraba de muchas cosas. En ese momento fue cuando me dio el dinero. Ayer mismo ocurrió todo esto. Mañana voy otra vez a ver a la princesa; pero mi padre, insisto, es un ser de lo más noble, no vayáis a pensar otra cosa. Si pretende apartarme de ti, Natasha, es porque le ciegan los millones de Katia, y tú no tienes ese dinero; ansÃa esos millones únicamente para mÃ, y es sólo la ignorancia la que le lleva a ser injusto contigo. Pero ¿qué padre no desea que su hijo sea feliz? Él no tiene la culpa si le han enseñado a creer que el dinero trae la felicidad. A todos les pasa lo mismo. Si se le mira desde esa perspectiva, no tarda uno en darse cuenta de que no le falta razón. De eso, precisamente, es de lo que querÃa tratar de convencerte, Natasha, y por eso he venido en seguida a verte, porque sé lo mucho que desconfÃas de mi padre. Naturalmente, no pretendo juzgarte por eso, la culpa no es tuya…