Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pues me hacía… la misma falta que a cualquiera. ¿O es que yo no tengo derecho a invocar a Julio César? ¿Qué le va a pasar? ¡No es para reírse!
—No, claro, tienes razón, no le va a pasar nada… ¡Ay, amor mío! Bueno, ¿y qué te dijo Julio César?
—Pues no me dijo nada. Yo me limitaba a sujetar un lapicero, y el lapicero se movía solo por la hoja e iba escribiendo unas palabras. Según decían, el propio Julio César las estaba escribiendo. Pero yo no me lo creo.
—¿Y qué es lo que escribió?
—Pues escribió una cosa absurda, como en la obra esa de Gógol[35]… Bueno, ¡basta de bromas!
—Sí, háblanos de la princesa.