Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Bueno, muy bien; pero dejadme que os siga contando. Después de aquel recibimiento en casa del conde, mi padre se puso hecho una furia conmigo. «¡Ya es suficiente!», pensaba yo. Entonces nos dirigimos a visitar a la princesa. Yo ya había oído decir hacía tiempo que está muy senil, que tiene la cabeza perdida y, para colmo, está sorda, y que adora los chuchos. Tiene la casa llena, y con tanto jaleo no oye nada de nada. A pesar de lo cual, conserva una gran influencia en las altas esferas, hasta el punto de que el propio conde Naínski, le superbe[33], tiene que hacer antichambre[34] con ella. Así que, mientras nos dirigíamos para allá, yo ya iba planeando mis siguientes pasos. Y ¿sabéis en qué se basaban mis planes? ¡En que a mí todos los perros me adoran, os lo aseguro! Me he dado cuenta. No sé si será que poseo una especie de magnetismo, o si será porque a mí también me encantan los animales; no lo sé, pero ¡el caso es que los perros me quieren con locura! Por cierto, hablando de magnetismo, aún no te había contado, Natasha, que hace unos días estuvimos invocando espíritus; fui a ver a un espiritista. Es algo de lo más curioso, Iván Petróvich, que me dejó muy sorprendido. Yo invoqué a Julio César.

—¡Ay, Dios mío! Pero a ti ¿qué falta te hacía Julio César? —exclamó Natasha, echándose a reír—. ¡Lo que me quedaba por oír!


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