Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Hoy me ha sucedido otra cosa más, y además ha sido algo muy extraño; aún no me he repuesto de la conmoción —continuó Aliosha—. Conviene aclarar que, si bien mi padre y la condesa están de acuerdo en casarnos, oficialmente aún no se ha tomado ninguna decisión al respecto, de modo que, si no llegara a celebrarse la boda, no supondrÃa ningún escándalo: el único que está al corriente es el conde NaÃnski, pero se le considera un pariente y protector. Además, a pesar de que en estas últimas dos semanas me he encontrado a menudo con Katia, hasta hoy mismo no habÃamos vuelto a pronunciar una sola palabra de nuestro futuro; quiero decir, de la boda y… vaya, de nuestra relación. Por otra parte, habrá que contar, en primer lugar, con la aprobación de la princesa K., de la que se espera toda la protección posible, asà como una lluvia de dinero. Lo que ella dice va a misa; tiene tantos contactos… Y a mà quieren presentarme a toda costa en sociedad y ayudarme a que me abra camino. Pero la que está más empeñada es la condesa, la madrastra de Katia. Y es que, probablemente a causa de todos sus lÃos en el extranjero, la princesa sigue sin recibirla. Y, mientras la princesa no se digne recibirla, siempre habrá mucha gente que tampoco la reciba. De modo que mi matrimonio con Katia puede ser una estupenda ocasión para acabar con esa situación. De ahà que la condesa, que al principio era contraria a la boda, se haya alegrado hoy tanto al saber de mi éxito con la princesa. Pero, al margen de todo eso, lo más importante es lo siguiente: a Katerina Fiódorovna ya la conocà el año pasado, pero por entonces yo no era más que un chiquillo, y no me daba cuenta de nada; por eso, en aquella ocasión no vi nada en ella…