Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡De eso nada, Natasha! —gritó Aliosha, acalorándose—. ¡Estás completamente equivocada y me duele que digas eso! No pienso replicarte siquiera; si sigues escuchando, tú misma lo verás… ¡Ay, si conocieras a Katia! ¡Si vieras qué alma tan tierna, tan clara, tan cándida! Pero ya lo verás: tú escucha hasta el final. Hace dos semanas, cuando, poco después de la llegada de esa familia, mi padre me llevó a casa de Katia, me dio por mirarla con más atención. Me di cuenta de que ella también se fijaba en mÃ. Eso estimuló mi curiosidad; ya no me estoy refiriendo únicamente a mi propósito de conocerla mejor: ese propósito ya me lo habÃa hecho cuando recibà aquella carta de mi padre, que me dejó tan sorprendido. No voy a hablar de ella, no pretendo ensalzarla; sólo quiero decir una cosa: en todo su cÃrculo, ella constituye una excepción evidente. Tiene una naturaleza tan peculiar, es un alma tan fuerte y tan sincera, con una fuerza que surge, justamente, de su pureza, de su sinceridad, que a su lado yo no soy más que un chiquillo, un hermano pequeño, y eso que ella sólo tiene diecisiete años. Y pude advertir otra cosa: en su interior hay mucha tristeza, como si ocultara algún secreto; no es nada locuaz; en casa casi siempre está callada, parece asustada… Es como si estuviera dándole vueltas a algo. A mi padre cualquiera dirÃa que le tiene miedo. Y me he dado cuenta de que no quiere a su madrastra; es la propia condesa la que va diciendo, por la razón que sea, que su hijastra la adora. Pero no es verdad: Katia se limita a obedecerla sin rechistar, y hace como si estuviera de acuerdo con ella; hace cuatro dÃas, después de tantas observaciones, decidà llevar a la práctica lo que habÃa resuelto, y esta misma tarde lo he cumplido. Y lo que he hecho ha sido contárselo todo a Katia, confesar lo ocurrido, ponerla de nuestra parte y zanjar todo este asunto de una vez…