Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Natasha lo miraba en silencio, con una mezcla de ternura y tristeza. Sus palabras la halagaban, pero también parecÃan hacerla sufrir.
—Y hace ya tiempo, desde hace dos semanas, que siento tanto aprecio por Katia —prosiguió Aliosha—. Si es que iba a visitar a su familia cada tarde. De vuelta a casa, no hacÃa más que pensar en vosotras dos, y no dejaba de compararos.
—Y ¿cuál de las dos salÃa mejor parada? —preguntó Natasha con una sonrisa.
—A veces tú, a veces ella. Pero al final tú siempre salÃas ganando. Aunque, cuando hablo con ella, tengo siempre la sensación de que, en cierto sentido, me vuelvo mejor, más sabio, más noble. Pero ¡mañana, mañana se resolverá todo!
—¿Y no te da pena de ella? Porque ella te quiere; ¿no decÃas que te habÃas dado cuenta de eso?
—¡SÃ, Natasha, sà me da pena! Pero nos vamos a querer los tres, y entonces…
—Y entonces ¡adiós! —dijo Natasha en voz baja, como hablando para sÃ. Aliosha la miró con perplejidad.