Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Confío en su perspicacia —siguió diciendo— y, si me he tomado la libertad de venir a su casa en este momento, ha sido precisamente porque sabía con quién iba a tratar. Hace ya tiempo que la conozco, por más que en ciertos momentos haya podido ser injusto con usted. Escuche: usted sabe de las desavenencias que, desde hace ya mucho tiempo, tengo con su padre. No pretendo justificarme; es posible que, en mi relación con él, haya más cosas de las que arrepentirme de las que yo mismo pensaba. Pero, en tal caso, yo era el primer engañado. Soy un hombre desconfiado, lo reconozco. Me inclino siempre a sospechar que estoy en presencia de algo malo, jamás de algo bueno: es un rasgo desgraciado de mi carácter, propio de un corazón endurecido. Aunque no acostumbro a disimular mis defectos. Yo había dado crédito a todas aquellas falacias, así que, cuando usted dejó la casa de sus padres, me asusté por Aliosha. Pero yo a usted aún no la conocía. Todo lo que fui averiguando poco a poco me permitió recobrar el ánimo. Me dediqué a observar y a investigar, y finalmente llegué al convencimiento de que mis sospechas eran infundadas. Me enteré de que usted se había peleado con su familia; también sé que su padre se opone con todas sus fuerzas a su matrimonio con mi hijo. Ya el solo hecho de que usted, teniendo tal influencia, tal poder, podríamos decir, sobre Aliosha, no se haya aprovechado hasta ahora de ese poder y no le haya obligado a casarse con usted, dice mucho en su favor. Pero, a pesar de todo, lo reconozco sin tapujos, había decidido hacer todo lo que estuviera en mi mano para impedir su matrimonio con mi hijo. Sé que me estoy expresando con excesiva franqueza, pero en estos momentos lo más importante es que sea sincero; cuando haya escuchado todo lo que le tengo que decir, usted misma me dará la razón. Poco después de que usted hubiera abandonado su casa, yo me marché de San Petersburgo; pero, al marcharme, ya no temía por Aliosha. Confiaba en su noble orgullo: era consciente de que usted sería la primera en no querer casarse con mi hijo mientras no quedaran zanjadas nuestras desavenencias familiares, y de que no desearía sembrar la discordia entre nosotros dos, puesto que yo nunca le habría perdonado a Aliosha que se casara con usted; también era consciente de que trataría de evitar que la gente afirmara que lo único que buscaba era el matrimonio con un príncipe y entrar a formar parte de nuestra casa. Al contrario, usted no disimulaba su desprecio por nosotros y acaso esperaba el momento en que yo viniera a rogarle que nos honrara otorgándole su mano a mi hijo. Pero, de todos modos, mi rechazo hacia usted seguía siendo firme. No tengo por qué justificarme, pero no voy a ocultarle mis razones. Son éstas: no tiene usted ni dinero ni títulos. Y, aunque yo tenga una fortuna, nos hace falta más. Somos una familia en decadencia. Necesitamos contactos y dinero. La hijastra de la condesa Zinaída Fiódorovich, aunque no está bien relacionada, es muy rica. A poco que nos demorásemos, aparecerían los cazafortunas y nos dejarían sin novia; y no podíamos perder una ocasión como ésta: a pesar de que Aliosha es aún muy joven, había decidido casarlo. Como ve, no le oculto a usted nada. Puede mirar con desprecio a este padre que admite que, movido por la codicia y los prejuicios, había inducido a su hijo a dar un mal paso: porque dejar a una muchacha generosa, que lo ha sacrificado todo por él y que tantas cosas le tiene que perdonar, es dar un mal paso. Pero no estoy tratando de justificarme. La segunda razón para el matrimonio de mi hijo con la hijastra de la condesa Zinaída Fiódorovna es que se trata de una muchacha digna, en grado sumo, de amor y respeto. Es una joven bonita, muy bien educada, con un magnífico carácter y muy sensata, a pesar de que en muchos sentidos aún no sea más que una chiquilla. Aliosha no tiene personalidad, es superficial y nada razonable; a sus veintidós años sigue comportándose como un niño pequeño, sin otra virtud que su buen corazón, una cualidad que puede resultar peligrosa en vista de sus defectos. Hace ya tiempo que vengo notando que mi influencia sobre él empieza a debilitarse: la fogosidad juvenil, los impulsos propios de la edad reclaman lo que es suyo e incluso se imponen a sus auténticas obligaciones. Tal vez le quiera más de la cuenta, pero estoy convencido de que yo apenas puedo ya orientar sus pasos, y al mismo tiempo sé que necesita de una influencia firme y positiva. Tiene una naturaleza dependiente, débil, afectuosa, más inclinada a aceptar de buen grado y obedecer que a mandar. Y así será hasta que se muera. Puede usted imaginarse cómo me alegré al ver en Katerina Fiódorovna a esa muchacha ideal que siempre había deseado como mujer para mi hijo. Pero ya era demasiado tarde cuando me alegré; él ya estaba sometido a otro influjo indestructible: el de usted. Hace un mes, cuando regresé a San Petersburgo, me dediqué a observarlo atentamente, y me quedé sorprendido al detectar que había experimentado una notable mejoría. Su superficialidad, su infantilismo, apenas habían cambiado, pero habían arraigado en él ciertas tendencias nobles; vi que empezaba a interesarse por algo más que por los meros pasatiempos, también se preocupaba por asuntos más elevados, magnánimos, nobles. Sus ideas podían resultar extrañas, vacilantes, a menudo disparatadas; pero sus deseos, sus inclinaciones, su corazón, habían mejorado, y ésa es la base de todo lo demás. Sin duda alguna, toda esa mejoría venía de usted. Usted le ha vuelto a educar. Confieso que, en esos momentos, me cruzó por la cabeza la idea de que era usted la persona indicada para hacerle feliz. Pero en seguida descarté esa idea, no necesitaba esa clase de ideas. Lo que tenía que hacer era apartarle de usted a toda costa; empecé a actuar y llegué a pensar que había conseguido mi objetivo. Hasta hace una hora todavía creía que me había alzado con la victoria. Pero los acontecimientos en casa de la condesa han alterado súbitamente todos mis presupuestos, y lo que más me ha afectado ha sido un hecho inesperado: la extraña seriedad de Aliosha, la firmeza del cariño que siente por usted, la tenacidad, la vitalidad de sus sentimientos. Le repito que usted ha vuelto a educarlo definitivamente. De pronto me he dado cuenta de que la transformación que había experimentado había ido más lejos de lo que suponía. Hoy, de pronto, me ha dado muestras de una inteligencia que yo no podía adivinar en él en modo alguno, así como una insólita sutileza, una perspicacia en sus sentimientos. Ha elegido el camino más justo para salir de una situación que consideraba embarazosa. Ha sacudido y despertado las más nobles capacidades del corazón humano, en particular la capacidad de perdonar, de responder con magnanimidad ante el daño sufrido. Se ha puesto en manos de una criatura a la que él mismo había agraviado y ha acudido a ella para pedirle compasión y ayuda. Ha herido el amor propio de una mujer que le amaba, confesándole abiertamente que tenía una rival, y a la vez ha despertado su simpatía por esa rival, obteniendo para sí mismo el perdón y la promesa de una amistad fraterna y desinteresada. Sincerarse de esa manera, sin insultar a la otra persona, sin ofenderla, es algo de lo que en ocasiones ni los mayores sabios son capaces: sólo quienes tienen un corazón lozano, puro, bien orientado, como el suyo, pueden lograrlo. Estoy convencido de que usted, Natalia Nikoláievna, no ha intervenido en su actuación de hoy, ni con palabras ni con consejos. Posiblemente, mi propio hijo se lo habrá contado todo hace apenas un rato. ¿No es así? ¿Me equivoco?


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