Humillados y ofendidos

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III

A la mañana siguiente, a eso de las diez, cuando salía precipitadamente a la calle para ir a casa de los Ijménev, en la isla Vasílievski, con la intención de ir luego desde allí a casa de Natasha, me encontré de repente en el portal con la nieta de Smith, que ya me había visitado el día anterior. Quería verme. No sé por qué, pero recuerdo que me alegró mucho encontrarme con ella. La víspera apenas había tenido tiempo de fijarme en ella, y en esos momentos me llamó todavía más la atención. Realmente, no era fácil toparse con una criatura menos corriente, más singular, al menos por su aspecto. Menuda, con unos brillantes ojos negros que no parecían rusos, con una espesísima melena morena y una mirada misteriosa, callada y obstinada, cualquiera que pasara por la calle habría reparado en ella. Lo más llamativo, precisamente, era su mirada: en ella se reflejaba su inteligencia, así como cierto recelo inquisitivo que rayaba en la desconfianza. Visto así, a la luz del día, su viejo y sucio vestido parecía aún más andrajoso. Me dio la impresión de que era víctima de alguna enfermedad de curso lento, tenaz y prolongada, que de forma gradual, pero implacable, acabaría por destruir su organismo. Su cara, pálida y delgada, tenía un tono cetrino, bilioso, que no parecía natural. No obstante, en conjunto, pese a todas sus deformidades, fruto de la miseria y la enfermedad, no era nada fea. Tenía unas cejas bien marcadas, finas y bonitas, pero lo más atractivo eran su frente alargada, aunque algo baja, y sus labios, bellamente delineados, con una comisura orgullosa y rotunda, a pesar de su evidente palidez.


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