Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Le hablé con vehemencia, tratando de convencerla; ni yo mismo sé qué era lo que me atraía tanto de ella. Había algo en mis sentimientos que no era simple compasión. Tal vez fuera lo enigmático de la situación, o la impresión que me había causado Smith, o mi propio carácter fantasioso: no sé qué pudo atraerme de ella de un modo tan irresistible. Mis palabras parecieron conmoverla; seguía mirándome de un modo un tanto extraño, pero ya no lo hacía con severidad, sino dulcemente, con calma; después volvió a sumirse en sus reflexiones.

—Yelena —musitó de repente, con voz casi inaudible.

—¿O sea, que te llamas Yelena?

—Sí…

—¿Y qué, vendrás a verme?

—No sé… no hace falta… Bueno, sí —susurró abstraída; parecía estar luchando consigo misma. En ese momento, se oyeron los tañidos de un reloj de pared. Se estremeció y, mirándome con una tristeza indescriptible, preguntó—: ¿Qué hora es?

—Deben de ser las diez y media.

Gritó asustada.

—¡Dios mío! —dijo antes de echar a correr.

Una vez más, la detuve en el zaguán.

—No voy a dejarte marchar así como así —le dije—. ¿A qué le tienes tanto miedo? ¿Llegas tarde?


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