Humillados y ofendidos

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—¡Sí, sí! ¡He salido sin que lo notaran! ¡Déjeme! ¡Seguro que ella me pega! —gritó, tratando de zafarse de mí. Evidentemente, se le había escapado un secreto.

—Escúchame bien, y no intentes escapar; tú vas a la isla Vasílievski, y yo también voy en esa dirección, a la Decimotercera Línea. También a mí se me ha hecho tarde y pienso coger un coche. ¿Quieres venir conmigo? Te llevo. Es más rápido que si vamos a pie…

—A mi casa, no; no puede ser, no puede ser… —exclamó, cada vez más asustada. Una mueca de terror le había deformado la expresión de la cara, sólo de pensar que pudiera presentarme en su casa.

—Pero ¡si ya te he dicho que voy a la Decimotercera Línea, a resolver unos asuntos! ¡No vamos a tu casa! No pienso seguirte. En coche llegaremos antes. ¡Vámonos!

Salimos de inmediato a la calle. Detuve al primer cochero que pasaba por allí, una tartana de mala muerte. Yelena debía tener mucha prisa, en vista de que había accedido a venir conmigo. Curiosamente, yo ya no me atrevía a seguir interrogándola. Se me había ocurrido preguntarle quién le inspiraba tanto temor en su casa, y ella había empezado a hacer aspavientos y había estado a punto de bajarse de un salto del coche. «¿Qué misterio es éste?», me preguntaba yo.


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