Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Iba muy insegura en el coche. A cada sacudida, para no perder el equilibrio, se agarraba de mi abrigo con su mano izquierda, sucia, pequeña, costrosa. Con la otra mano sujetaba firmemente sus libros; estaba claro que eran muy valiosos para ella. En cierto momento, al enderezarse, dejó un pie al descubierto, y me quedé asombrado al comprobar que no llevaba más que unos zapatos agujereados, sin medias. Aunque habÃa decidido no hacerle más preguntas, no me pude contener.
—¿Será posible que no tengas unas medias? —le pregunté—. ¿Cómo se puede salir a la calle descalza, con esta humedad, con este frÃo?
—No tengo —me contestó con voz entrecortada.
—¡Ay, Dios mÃo! Pero ¡si vives con otras personas! DeberÃas pedirles unas medias prestadas cuando vayas a salir.
—Siempre salgo asÃ.
—Pues vas a caer enferma, te vas a morir.
—Ojalá me muera.
Estaba claro que no querÃa contestarme y se enfadaba con mis preguntas.
—Mira, ahà fue donde murió —dije, indicándole la casa junto a la cual habÃa muerto el anciano.
La observó atentamente; de pronto, se volvió hacia mÃ, implorándome: