Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Por Dios se lo ruego, no me siga usted! ¡Ya iré yo a verle! ¡En cuanto me sea posible, iré a verle!
—Muy bien, pero si ya te he dicho que no voy a ir a tu casa. ¿A qué viene tanto miedo? Me imagino que lo estarás pasando muy mal. Me da lástima verte…
—Yo no le tengo miedo a nadie —me contestó con cierta irritación.
—Pero hace un momento dijiste que alguien te iba a pegar.
—¡Pues que me pegue! —contestó, y los ojos le empezaron a brillar—. ¡Que me pegue! ¡Que me pegue! —repitió con amargura, mientras el labio superior se le elevaba en un gesto de desprecio y empezaba a temblar.
Por fin llegamos a la isla VasÃlievski. Le dijo al cochero que parara al comienzo de la Sexta LÃnea, y se apeó de un salto, mirando inquieta a su alrededor.
—¡Siga su camino! ¡Ya iré yo a verle, ya iré yo! —repitió muy nerviosa, suplicándome que no la siguiera—. ¡Rápido, rápido, váyase!