Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Echamos a andar. Pero, tras avanzar unos pasos a lo largo del malecón, despedí al cochero y, de vuelta a la Sexta Línea, crucé rápidamente al otro lado de la calle. No tardé en verla; no había tenido tiempo de alejarse demasiado, a pesar de que caminaba a muy buen paso, mirando sin cesar a todas partes; incluso se detuvo unos instantes, para poder asegurarse mejor de que no la fuera siguiendo. Pero me oculté en un portal y no detectó mi presencia. Siguió andando, y yo detrás de ella, por la otra acera.
Mi curiosidad no podía ser mayor. Aunque había decidido no seguirla, necesitaba saber en qué casa entraba, por lo que pudiera llegar a pasar. Me encontraba bajo el influjo de una poderosa y extraña impresión, parecida a la que me había causado en aquella confitería su abuelo, cuando murió Azorka…