Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pues mira, ¡ahà la tienes! ¿La ves? —Me señaló un rótulo situado a una decena de pasos de donde estábamos—. Mira: «ConfiterÃa y restauración»; en realidad, se trata de una modesta casa de comidas, pero es un buen sitio. Te prevengo: el local es decente, pero el vodka, ¡no hay palabras! ¡Ha venido a pie desde Kiev! Sé de lo que me hablo, lo he probado unas cuantas veces, y aquà no se atreverÃan a darme nada malo. Conocen a Filipp FilÃppich. Yo soy Filipp FilÃppich. ¿Qué? ¿Tuerces el gesto? No, deja que te cuente. Ahora mismo son las once y cuarto, acabo de verlo; mira, exactamente a las doce menos veinticinco te dejo marchar. Y entre tanto refrescamos el gaznate. Veinte minutos para un viejo amigo, ¿de acuerdo?
—Si no son más que veinte minutos, de acuerdo; porque, mi buen amigo, te aseguro que ese asunto…
—De acuerdo, pues. Pero un par de palabras primero: no tienes buena cara, da la impresión de que acabas de llevarte un buen disgusto, ¿me equivoco?
—No, no te equivocas.