Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Ya me lo imaginaba. Últimamente, hermano, me ha dado por el estudio de las fisionomías, ¡tampoco es mala ocupación! Bueno, vamos a entrar y charlamos un rato. En veinte minutos, para empezar, me da tiempo a tragarme un admiral Chainski[38] y a meterme en el cuerpo una beriózovka[39], después un vodka de hierbas, luego otro de naranja amarga, luego un parfait amour[40], y luego ya se me ocurrirá algo. ¡Bebo, viejo amigo! Sólo estoy sobrio los días festivos, antes de misa. Pero tú no bebas. Te necesito tal cual. Y, si bebes, demostrarás una especial nobleza de espíritu. ¡Vamos! Decimos cuatro cosas, y luego nos separamos para otros diez años. ¡No hacemos buena pareja, Vania!

—Vamos cuanto antes, y no te entretengas tanto. Tienes veinte minutos, y luego me tienes que soltar.

Para acceder al restaurante había que subir por una escalera de madera de dos tramos que llevaba del porche al segundo piso. Pero, una vez en la escalera, nos topamos con dos caballeros borrachos como cubas. Al vernos, se hicieron a un lado, tambaleantes.




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