Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Uno de ellos no era más que un muchacho, de aspecto juvenil, aún imberbe, con un incipiente bigotillo y una expresión marcadamente estúpida. Vestía como un petimetre, pero de forma algo ridícula, como si se hubiera puesto el traje de otra persona. Llevaba anillos caros, un alfiler caro en la corbata e iba peinado de un modo extremadamente absurdo, con un extraño copete. No paraba de sonreír y de soltar risitas. Su compañero era un grueso cincuentón, panzudo, vestido con notable descuido, aunque también él llevaba un vistoso alfiler en la corbata; completamente calvo, tenía un rostro carnoso, abotargado por el alcohol y picado de viruelas, y sujetaba las gafas en una naricilla chata, que semejaba un botón. Su expresión era maliciosa y sensual. Sus ojos, desagradables, aviesos y desconfiados, nadaban en grasa y parecían mirar a través de una rendija. Evidentemente, los dos conocían a Maslobóiev, pero el barrigudo hizo una mueca fugaz de fastidio al vernos, mientras el joven nos ofreció una sonrisa empalagosa y servil. Hasta se quitó la gorra. Llevaba gorra.

—Disculpe, Filipp Filíppich —balbuceó, mirándole con ternura.

—¿Qué pasa?

—Perdóneme, señor… Verá… —Se dio un capirotazo en el cuello—. Mitroshka está ahí adentro. Y resulta, Filipp Filíppich, que es un canalla.

—¿Y qué pasa?


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