Humillados y ofendidos

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—El caso es que… bueno, que a éste —señaló a su compañero—, la semana pasada, por culpa de ese Mitroshka, le pusieron los morros perdidos de nata en un lugar indecente… ¡Ji!

Su compañero, enojado, le propinó un codazo.

—¿Podemos confiar tal vez, Filipp Filíppich, en que nos acompañe a Dussaud, a beber con nosotros media docena?

—No, bátiushka, ahora es imposible —contestó Maslobóiev—. Estoy ocupado.

—¡Ji! Yo también estoy ocupado, es un asuntillo que le concierne a usted… —Su compañero volvió a darle un codazo.

—¡Luego, luego!

Indudablemente, Maslobóiev hacía todo lo posible por no mirarlos. Pero, nada más entrar en la primera sala —recorrida, de extremo a extremo, por un impecable mostrador, magníficamente surtido de aperitivos, empanadas, tortas rellenas y garrafas con licores de distintos colores—, me condujo rápidamente a un rincón y me dijo:


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