Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—El joven es Sizobriújov, hijo del célebre comerciante; heredó medio millón de su padre y ahora se lo pasa en grande. Estuvo en París, y allí gastó dinero a espuertas; de haber seguido allí, se habría quedado en la ruina, pero murió un tío suyo y heredó nuevamente, y regresó de París; aquí se dedica a malgastar el resto. En un año no tendrá dónde caerse muerto. Es un estúpido, un verdadero ganso; cuando no está comiendo en los mejores restaurantes, está en bodegas y tabernas, o en compañía de actrices; pretende hacerse húsar, hace muy poco presentó su solicitud. El otro, el mayor, Arjípov, también es una especie de comerciante o de gerente, anda metido en asuntos de arriendos; es un pícaro redomado, un bribón, y últimamente es el compañero de Sizobriújov; es un Judas y un Falstaff, todo en uno; dos veces se ha arruinado; es un bicho de una sensualidad repugnante, dado a toda clase de extravagancias. En ese sentido, sé de un asunto delictivo en el que estuvo implicado, pero se fue de rositas. Por una parte, me alegro de haberle visto aquí; esperaba encontrarme con él… Arjípov, naturalmente, se dedica a desplumar a Sizobriújov. Conoce toda clase de antros, por eso lo aprecian tanto esos cabezas huecas. Hace ya tiempo, hermano, que ando detrás de él. También Mitroshka le enseña los dientes últimamente; mira, es ese joven gallardo que lleva una vistosa poddiovka[41]; ahí, al lado de la ventana, con cara de gitano. Es un chalán, y se conoce a todos los húsares locales. Créeme, es un pillo de tal categoría que es capaz de falsificar un billete en tus propias narices y cambiártelo luego, por más que le hayas visto hacerlo. Con esa poddiovka, aunque sea de terciopelo, parece un eslavófilo (aparte de que, para mi gusto, le sienta muy bien); pues vístelo ahora con un elegante frac y ropa de ese estilo, llévatelo al club inglés y di: «Señores, les presento al conde Barabánov», y durante dos horas pasará por un conde; ahí le tendrías jugando al whist y hablando como un conde, que nadie se iba a enterar; daría el pego. Acabará mal. El caso es que este Mitroshka se la tiene jurada al gordo, porque ahora está en una situación delicada, y el gordo fue el culpable de que Sizobriújov se apartara de su lado; antes eran amigos, pero a Mitroshka no le dio tiempo a sacarle los cuartos. Si han coincidido aquí, en el restaurante, seguro que se traen algo entre manos. Yo ya me imagino lo que puede estar pasando, porque fue precisamente Mitroshka quien me dio la noticia de que Arjípov y Sizobriújov andarían por esta zona, metidos en algún asunto turbio. Tengo mis propios motivos para tratar de aprovecharme del odio de Mitroshka a Arjípov, y de hecho he venido aquí, principalmente, por esos motivos. Pero no quiero que Mitroshka se dé cuenta, así que deja ya de mirarle. Cuando salgamos de aquí, seguro que se dirige a mí y me cuenta lo que necesito saber… Y ahora, ¿qué te parece, Vania, si pasamos a ese cuarto de ahí? ¿Lo ves?… Bueno, Stepán —prosiguió, dirigiéndose a un camarero—, ya sabes lo que necesito.


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