Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿De verdad? ¿Y no te pondré en un compromiso con… con este aspecto mÃo? Bueno, mejor no preguntar; no tiene importancia. Siempre me acuerdo, hermano Vania, de lo buen tipo que eras. ¿Recuerdas cómo te zurraron por mi culpa? Tú no dijiste nada, no me traicionaste, y yo, en lugar de agradecértelo, me estuve burlando una semana entera de ti. ¡Eres un bendito! ¡Qué alegrÃa, querido amigo mÃo, qué alegrÃa! —Nos besamos—. Son ya tantos años sufriendo en soledad, dÃa y noche, noche y dÃa, pero no me olvido de los viejos tiempos. ¡Como para olvidarlos! Y tú, ¿qué ha sido de ti?
—Pues yo, lo mismo, sufriendo en soledad…
Me dirigió una larga mirada, con la intensa emoción propia de un individuo enternecido por el alcohol. Aunque, de cualquier modo, era un hombre de lo más bondadoso.
—¡No, Vania, tú no eres como yo! —se animó a decir, finalmente, en un tono trágico—. ¡Lo he leÃdo, Vania, lo he leÃdo! ¡Claro que lo he leÃdo! Escucha, ¿por qué no hablamos con calma de todo esto? ¿Llevas prisa?
—Pues sÃ, llevo prisa; y te confieso que estoy muy atareado con cierto asunto. Pero se me ocurre una solución mejor: ¿dónde vives?
—Ya te lo diré. Pero ésa no es una solución mejor; ¿quieres que te diga cuál es la mejor solución?
—A ver, ¿cuál?