Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Pues tráemelo. Siéntate, Vania. ¿Por qué me miras así? Ya veo cómo me estás mirando. ¿Estás sorprendido? No tienes por qué. A un hombre pueden pasarle muchas cosas; cosas incluso con las que nunca habría soñado; sobre todo, aquellos días… sí, precisamente aquellos días, ¡cuando estudiábamos juntos a Cornelio Nepote[42]! Puedes estar seguro de una cosa, Vania: aunque Maslobóiev se haya apartado del buen camino, en el fondo de su corazón sigue siendo el mismo de siempre, son las circunstancias las que han cambiado. Aunque me veas revolcarme en el fango, no soy más despreciable que otros. Tenía intención de doctorarme, me preparé para ser profesor de literatura rusa, escribí un artículo sobre Gógol; luego quise trabajar en el negocio de las minas de oro, y estuve muy cerca de casarme… A nadie le amarga un dulce, y ella estaba conforme, y eso que yo pasaba más hambre que el perro de un ciego. Ya estaba a punto de alquilar unas botas decentes para la boda, porque las mías estaban llenas de agujeros desde hacía año y medio… Pero, al final, nada. Ella acabó casándose con un maestro, y yo entré a trabajar en una oficina, no en una oficina comercial, me refiero, sino en una oficina vulgar y corriente. Pero ahora suena otra música. Han pasado los años, y aunque ya no trabajo en esa oficina, me gano bien la vida: pongo el cazo, sí, pero defiendo la justicia. Más vale ser cabeza de ratón que cola de león. Tengo mis principios: sé, por ejemplo, que no se debe hacer leña del árbol caído; y, en fin, voy a lo mío. Me ocupo, en general, de asuntos confidenciales… ¿me sigues?


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