Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿No serás policía secreta o algo por el estilo?
—No, no es que sea policía secreta, pero sí me ocupo de algunos asuntos, en parte de forma oficial, y en parte por mi propia iniciativa. Mira, Vania: bebo vodka. Pero, como no he perdido la razón bebiendo, sé lo que me espera. Mi tiempo ha pasado, las cosas son como son y no hay vuelta de hoja. Te diré una cosa: si el hombre que hay en mí no se hiciera aún sentir, hace un rato no te habría llamado. Es verdad: te había visto antes, muchas veces había querido acercarme a ti, pero nunca me atrevía, siempre lo dejaba para la siguiente ocasión. No soy digno de ti. Y también en eso tenías razón, Vania: si me he animado a dirigirme a ti, ha sido, sencillamente, porque estaba borracho. Y, aunque todo esto es un tremendo disparate, basta ya de hablar de mí. Mejor, hablemos de ti. Bueno, hermano, ¡la he leído! ¡Vaya si la he leído! ¡De cabo a rabo! Me refiero, amiguito, a tu hijo primogénito. Al leerla, hermano, ¡casi me vuelvo una persona decente! A punto estuve; pero me lo pensé mejor y preferí seguir siendo un indecente. Así pues…