Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Y me dijo muchas más cosas. Cada vez estaba más bebido, y empezó a enternecerse, poco le faltó para echarse a llorar. Maslobóiev siempre había valido mucho, pero era demasiado pillo y le faltaba fuerza para ir a más; ya en la escuela era un chico astuto, taimado, pícaro, intrigante; pero en el fondo no era una persona sin corazón: era un hombre que había perdido el rumbo. Hay mucha gente como él en Rusia. Es gente con mucho talento, pero algo se tuerce en su interior; lo peor es que esa clase de gente es capaz, en ciertos momentos, de actuar deliberadamente contra su propia conciencia, por culpa de su debilidad, y no sólo terminan siempre sucumbiendo, sino que ellos mismos saben de antemano que se dirigen a su perdición. Maslobóiev, por ejemplo, se había hundido en el alcohol.
—Y ahora, amigo mío, una cosa más —continuó—. Al principio, oí lo lejos que llegaba el eco de tu fama; después leí algunas críticas sobre ti. Sí que las leí, aunque tú te creas que ya no leo nada. Más tarde, te he visto llevando unos zapatos viejos, metido en el barro sin chanclos, con un sombrero roto, y he sacado mis conclusiones. ¿Ahora te ganas la vida como periodista?
—Sí, Maslobóiev.
—O sea, que te has vuelto un correveidile.
—Algo así.