Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pues mira lo que te digo, hermano: ¡es mejor beber! Yo, cuando he bebido, me tumbo en mi sofá (tengo un sofá estupendo, de muelles) y me da por pensar, por ejemplo, que soy una especie de Homero o de Dante, o un nuevo Federico Barbarroja; cada uno se imagina lo que quiere. En cambio, tú no puedes creerte un Dante o Federico Barbarroja: primero, porque quieres ser tú mismo, y segundo, porque eres un correveidile. Para mÃ, la imaginación; para ti, la realidad. Escúchame bien; dime con toda sinceridad, sin rodeos, como a un hermano (si no, me sentiré ofendido y despreciado durante diez años): ¿necesitas dinero? Yo tengo. No pongas esa cara. Toma lo que te haga falta, arregla tus cuentas con los editores, sacúdete el yugo; y, cuando tengas un año de vida asegurado, siéntate a desarrollar tu idea más querida: ¡escribe una gran obra! ¿Eh? ¿Qué me dices?
—Escucha, Maslobóiev. No sabes cómo aprecio tu propuesta fraternal, pero ahora no puedo contestarte nada. ¿Por qué no? SerÃa una larga historia. Se dan ciertas circunstancias. De todos modos, prometo contártelo todo más adelante, como a un hermano. Y te agradezco tu propuesta; te prometo que iré a verte, e iré a verte a menudo. Pero mira lo que pasa: tú has sido sincero conmigo, y por eso mismo me he animado a pedirte consejo, sobre todo porque tú eres un experto en la materia.